MONASTERIO DE SANTA ISABEL
LOS PALACIOS
Los palacios, llamados Casas de la Reina, están integrados en el Convento, y se puede visitar el Patio de la enfermería y el Refectorio, convertido en sala de exposiciones. Son dos estancias de gran importancia por la decoración de sus puertas y arcos de estuco, extraordinarios ejemplos de decoración mudéjar toledana.
El patio de la enfermería, de proporciones rectangulares, es un conjunto de estilo mudéjar del siglo XIV, restaurado y retocado en el XV, o comienzos del XVI. Consta de dos pisos, el segundo sostenido por pilares de piedra, ochavados, típicos en los patios toledanos, con algunas vigas y zapatas de gran interés, además de los dos grandes arcos festoneados con yeserías de las dos puertas. El arco de entrada en su cara interior, tiene la decoración perfectamente conservada, tanto en el intradós o borde interior del arco, con tallos de vides y racimos, simétricamente dispuestos. Los ángulos del arco (albanegas), se decoran con palmetas dobles sobre fondo de hojas digitadas, dentadas y anilladas, con dos escudos de los Suárez de Toledo.
Frente a este arco, hay otro de entrada a la estancia contigua, también festoneado, pero enmarcado en una moldura o alfiz y limitada por una banda epigráfica, de la que se lee: “mentem sanctam espontaneam onorem dei patrem”. Los ángulos del arco contienen dos escudos, uno de flores de lis y estrellas y el otro el castillo de los Suárez de Toledo. Sobre ellos van cinco vanos de medio punto formando celosías de yeso caladas, repetidos el primero y el quinto y el segundo y el cuarto. El panel central varía respecto de los otros. Entre ellos hay fajas decorativas de hojas y piñas. Por encima de este conjunto hay otra banda epitáfica que dice “maria mater gracie mate” (escudo de azucena y estrellas) “r misericord” (escudo con castillo) “ie tu ab ho” (escudo con azucena y estrellas) “ste et hora mortis”. El fondo decorativo es de hojas digitadas y anilladas. En su alfarje o techado de madera hay temas heráldicos, el castillo de los Suárez de Toledo y los cuatro lobos de la familia Orozco y motivos de la pasión. En los muros adyacentes a esta portada se adivinan arcos en forma de herradura, que correspondían a ventanas hoy cegadas.
Sobre los pilares hay unas zapatas de gran efecto, que son el soporte sobre el que descansan las grandes vigas de piso superior, una de las cuales lleva una rica decoración incisa en su parte central y en la inferior, en forma de cenefas vegetales y cuadrifolios, o círculos, rombos y estrellas. Los escudos visibles son los de los Álvarez de Toledo y el castillo de los Suárez de Toledo. Todo el conjunto procede del siglo XIV, aunque se reconstruyó a finales del siglo XV y principios del XVI. Es un bellísimo patio toledano, perfectamente conservado y limpio por la reciente restauración.
Perteneciente al convento fundado por Sor María La Pobre es la sala del refectorio, al que se entraba por la magnífica puerta mudéjar, celosía de madera, desde el claustro de los laureles, con sus goznes primitivos sujetos por gorroneras de madera, tallados y enlazados. Toda ella presenta una riquísima labor de talla, que en sus cuarteles combinan un cuadrado central y forma con los peinazos rectángulos y cuadrados que hacen figura de esvástica. Conserva algunos herrajes y cerrojos antiguos, así como restos de pintura roja y de pasta verdosa en las zonas más rehundidas, junto con gruesos clavos que decoran la labor de carpintería; es de un valor excepcional. El arco de la puerta desde el claustro ha perdido la decoración mudéjar.
La sala del refectorio es rectangular, cubierta con techumbre de madera, alfarjes y tirantes (jácenas o vigas maestras) apoyados en canes lobulados y cobijas laterales decoradas con pinturas alusivas a la pasión (anagrama IHS, treinta monedas, bolsa de judas, columna, flagelos, túnica roja, clavos, cruz de nudos). A veces hay escudos ajedrezados de los Álvarez de Toledo, pero también han desaparecidos algunas de estas decoraciones. La decoración de los muros es de finales del siglo XVI o primeros años del XVI, antes de la muerte de Sor María La Pobre en 1507. Lo más llamativo es la pintura al fresco de la Santa Cena con San Francisco y Santa Clara a los lados, ofrece elementos de la pintura gótica final (arcos conopiales, bóveda de crucería) y sentido de la perspectiva o de la luz, propios del Renacimiento. No sabemos quien fue el artista pero se ha dicho que esta pintura tiene influencias de Pedro Berruguete, y presenta motivos semejantes a su escuela y, por tanto, atribuida este autor o a un denominado Maestro de Paredes, que habría aprendido en su taller. Observen con atención el cuidado escenario reflejado, con el paño en forma de baldaquino, al fondo, destacando la perfecta distribución de los ventanales que dan luz a la escena.
La decoración epigráfica que enlaza el muro con el alfarje es un fragmento del evangelio de Lc 22, 15-18, adaptada y con grafía gótica que hace alusión a la Santa Cena. En el muro del púlpito hay una hornacina con puertas pintadas que representan el Abrazo en la Puerta dorada, y a San Juan Evangelista en la visión de Patmos (Ap 12). En ambas hay una excelente distribución del espacio y de las figuras, más naturalista la de San Juan en Patmos, con un bellísimo paisaje de fondo, algo esquemático en sus detalles ornamentales. Tradicionalmente se han atribuido a Diego de Aguilar, activo en Toledo en la primera mitad del siglo XVI.
Ambas pinturas fueron limpiadas y restauradas, y libradas de las humedades fijando los pigmentos y colores con sus componentes, así como dejando vista la cubierta de madera en todo su esplendor, con la ayuda de la Consejería de Educación y cultura de la Junta de Castilla La Mancha. Pero el amable visitante debe tener en cuenta que si hoy se conservan estos tesoros artísticos, y pueden ser admirados, rescatados de la usura del tiempo, es sobre todo gracias al trabajo, al cuidado y al celo de la Comunidad de Hermanas Clarisas que velan por la continuidad de su casa y por la conservación del legado patrimonial que recibieron. Su dedicación y su esfuerzo bien merecen nuestro reconocimiento y la sincera admiración, por lo que hoy podemos contemplar.